Simplemente Río

No importa la época del año, Río de Janeiro siempre conquista al viajero. Una y otra vez lo seduce con su paisaje, mezcla de mar, morros y urbe, y también con su espléndido capital cultural fruto de la historia brasileña y de la infinidad de extranjeros que transitan por la ciudad de las playas, la samba y el fútbol.

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Conocida mundialmente por sus majestuosos carnavales (que dependiendo del año se efectúan en febrero o marzo), Río no se apaga con el último baile del Sambódromo, sino todo lo contrario, allí se enciende. Aquello, en todo caso, es solo una de las tantas atracciones que se pueden encontrar en uno de los destinos más visitados del planeta.

Río es la segunda ciudad más populosa de Brasil con una región metropolitana que posee casi 12 millones de habitantes. Con temores a cuestas y con el eco de comentarios poco alentadores como “¿vas solo?”, “tené cuidado, es muy peligroso”, arribé a la ciudad. Debo decir que los preconceptos, como nubes a las que se lleva el viento, pronto se disiparon para darle paso al sol carioca.
Desembarqué por primera vez en Río de Janeiro en octubre de 2011, con un boleto para el Rock in Río pero sin hospedaje ya que había ocupación total en hostales y los pedidos a Couchsurfing eran infructuosos. El problema se resumía en que no tenía lugar donde quedarme.
Con mi ticket en mano para ver a los Guns and Roses el 2 de octubre a la mañana arribé a la Rodoviaria Novo Río sin saber que sería de mí. La salvación fue Jôze, una brasileña de Vitória, Espíritu Santo, con la que me había conectado semanas antes para ir al recital, y que después de diálogos fallidos por teléfono decidió ir con su hermano a buscarme a la terminal. Un gesto simple pero a la vez extraordinario. No sería el único, ya que gracias a ella me alojé en lo de su anfitrión, Eduardo, un minero súper hospitalario y al que también siempre estaré agradecido.
Antes del mediodía estaba desayunando en el barrio de Botafogo con un paulista (Marcelo) y una gaúcha (Amanda), dos de los compañeros de piso durante mi estadía carioca. Recuerdo que caminamos hasta la playa y nos tomamos una foto con el Pan de Azúcar de fondo.

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100_9551Aquello fue una especie de bautismo de un día que sería intenso e increíble. Unas horas más tarde estaba ingresando al complejo de Rock in Río, en Barra de Tijuca. Guardo muchísimas imágenes y sonidos, como el jazz de Taryn Szpilman, la performance de Evanescence y la potente irrupción de los enérgicos de System of Down. El momento cúlmine, bajo una lluvia torrencial para las 100 mil almas que aguardaban expectantes, fue la aparición de los Gun’s. Era madrugada y por un momento cerré los ojos y volví a abrirlos para creer lo que estaba viviendo. Se me vinieron a la mente momentos de la niñez, cuando con un casette compartía esa misma música con mis amigos, en mi querido Francisco Madero. A los 13 años jamás pensé que tiempo después estaría a los pies del escenario de una de las bandas más influyentes de los ‘90.

Al otro día, Jôze ofició de guía para ir hasta el Cristo Redentor y mostrarme parte de la urbe, por la que compartimos un gran paseo por la zona de Ipanema, con última parada en la playa. Al tercer día me sentía como en casa. Mis largas caminatas ya tenían sentido de orientación. Aún me veo yendo de Botafogo a Copacabana disfrutando del simple hecho de vagar por ese hermoso lugar. Con una sonrisa dibujada llegué al Pan de Azúcar y me subí al bondiño, el teleférico que conduce a lo alto de la montaña, para luego deleitarme de la panorámica.

Río es un sitio para visitar en las cuatro estaciones y que ofrece diversas opciones para el viajero. Y si el camino pasa de distritos residenciales a favelas, de barrios históricos a zonas turísticas con albergues para todos los bolsillos, con todos sus contrastes a cuestas –a los fascinantes paisajes se contrapone una alta tasa de pobreza- la ciudad ostenta mucho más que arena y sol. Claro que con un clima tropical atlántico, allí se convive con temperaturas que en verano superan los 35 grados. En invierno, en los meses más frescos, la media es de 18-27, con lo cual la playa es una escapada habitual todo el año.

De las playas al Cristo
La franja balnearia, un cordón que abarca el área de Copacabana, Ipanema, Leblón y Barra de Tijuca, en la zona sur, es la referencia para aplacar el calor, bañarse, surfear, caminar o simplemente descansar en las playas.
La popular Copacabana, ubicada en el barrio del mismo nombre, es una de las más concurridas. Allí, desde Leme hasta el “Forte”, un antiguo fuerte militar, el fútbol no pasa desapercibido entre bikinis, sungas y sombrillas.
Desde el reloj del Mundial 2014 hasta las muchísimas canchas en cada parador, queda claro que allí –como en todo Brasil- se respira “futebol”. Como telón de fondo y protagonista indiscutido, siempre asoma el verde mar.
Los vendedores ambulantes, músicos y artistas de la arena resaltan ante los ojos de propios y foráneos, a los pies de una costanera dibujada por las históricas veredas denominadas -en portugués- “calçadão”, pasadizo peatonal recurrente para la caminata. A la par, un estupendo sistema de ciclovías es la ruta ideal para ejercitarse, andar en patines y, claro está, maniobrar una bicicleta y pedalear por las avenidas Atlántica y Vieira Souto.

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Desde la Ensenada de Botafogo, otro sitio de ocio y relajación, el estelar Pan de Azúcar se roba las miradas. El morro, situado en la boca de la Bahía de Guanabara, brinda una vista magnífica. El bondinho recorre los casi 1.400 metros entre los promontorios de Babilonia y Urca para alcanzar los 396 metros de altura y ostentar un paisaje privilegiado.

No hay que perderse una vuelta por el bellísimo Lago Rodrigo de Freitas, conocer el Jardín Botánico, subir a la Piedra Gavea (un monolito de 842 metros con una perspectiva colosal de la ciudad) y descubrir los exóticos senderos y cascadas del inmenso Parque Nacional Tijuca, con 3.300 hectáreas de forestación y relieve montañoso.
Dentro de esa enorme área, y como parte de la urbe, el Cristo Redentor, en la cima del cerro Corcovado, es uno de los espacios más requeridos. Inaugurado en 1931, el monumento de 38 metros y 1.145 toneladas de granito es uno de los íconos representativos de Río, a quien contempla desde lo alto. Elegido por la Unesco en 2007 como una de las siete maravillas del mundo moderno, la obra se divisa desde toda la metrópoli. A su base, de 713 metros, se llega luego de hacer un tramo en tren y otro por ascensor o caminando, para arribar a una plataforma y obtener una panorámica realmente excepcional.

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Del mar al centro
Además del relax de la arena y las olas, por la tardecita llega la hora de la cena. Por lo tanto, después del mar o los tours, los restaurantes se llenan de comensales en busca de camarones, una picada de “peixe” (“pescado”) y también en pos de una clásica caipirinha (cachaça con hielo picado y lima) o una cerveza bien fría.
Un plato de filete de pescado (“peixe”) o pollo (“frango”) con feijao (porotos en salsa), papas fritas o ensalada y arroz siempre están al paso del viajero, como así también los salgados, algo así como empanadas de sabores variados.
Después las atracciones son variadas en la agitada vida nocturna de Río. Pubs y discotecas en Copacabana o Ipanema pueden ser una buena salida. Pero para convivir con el verdadero sentir carioca, una excelente elección es ir a Pedra do Sal, uno de los sitios más bohemios y simbólicos del lugar, que late al compás de la rueda de samba y el choro (género de la música popular brasileña) en vivo, al aire libre y con acceso gratuito.
Conocí el lugar un lunes (“segunda”, como le llaman allá), invitado por Eduardo –mi anfitrión- y Pedro, su compañero de departamento. La pasamos genial. Los tambores y la buena vibra de los asistentes fueron el cóctel perfecto. Me enamoré del lugar, a tal punto que, como un ritual, cuando voy a la ciudad no dejo de pasar por allí. Y cada vez siento la misma sensación de energía positiva. La última oportunidad invité a otros viajeros. Me acompañó Alonso, un mexicano que había conocido en Salvador de Bahía, y dos chicas sudafricanas que compartían hostel con nosotros. Un poco en español, otro en inglés y bastante en portuñón pasamos una noche fantástica junto a un grupo de locales.

Muy cerca de Pedra do Sal, en el centro urbano (down town), el barrio de Lapa ofrece un espectáculo nocturno particular, donde conviven los puestos de comidas y bebidas, el baile en las calles al ritmo de samba y forró, y donde abundan bares y discotecas para todos los gustos, con artistas de toda especie. Lapa cambia su atmósfera con la luz del día, para mostrar toda su bohemia de ayer y de hoy, desde sus clásicos Arcos (que antiguamente servían para abastecer de agua a la ciudad), inaugurados por los portugueses en 1750, hasta la famosa y singular Escalera de Selarón, que cuenta con más de dos mil azulejos con distintos grabados de más de sesenta países. Son 215 escalones en 125 metros, para después seguir rumbo a Santa Teresa, barrio donde los vestigios de la época colonial transportan al visitante a otro tiempo.

A poco minutos a pie desde Lapa, el polo céntrico, con cuantiosos comercios y edificios históricos, como la Catedral de San Sebastián, el Teatro Municipal, el Museo de la República o el Museo de Bellas Artes, siempre estimula al paseo.


De templos y favelas

En la zona noroeste, la cita obligada es el mítico y renovado Maracaná, estadio también conocido como periodista Mario Filho. Desde el preciso momento en que se sale del Metro la imagen de Garrincha y Zico en la pared debajo del puente de acceso al gigante de cemento emocionan al fiel futbolero, que de repente levanta la cabeza y vislumbra a pocos metros uno de los templos sagrados de la pelota.

Gocé de ingresar al estadio en la Copa Confederaciones 2013, donde estuve acreditado cubriendo varios partidos, entre ellos la final entre Brasil y España. La primera emoción fue el primer día que lo visité, cuando me paré ante la estatua de Julies Rimet, pasé la documentación de rigor y me coloqué en el box asignado. Estaba allí, donde figuras como Pelé, Romario y Ronaldo habían deslumbrado con su talento, pero también donde Uruguay le había quitado a Brasil el Mundial de 1950, cuando los celestes vencieron 2 a 1 en la final más memorable de la historia.
A espaldas de la cancha y por encima de la boca del metro, asoma el morro de Mangueira, favela distinguida por su “escola de samba”. Respecto a las emblemáticas favelas de Río, hay fiestas y tours armados a su interior (como a la Rocinha, por ejemplo), aunque es mucho más interesante despojarse de prejuicios e internarse en ellas con alguien local para conocerlas mejor. No son pocas las que ya tienen hostales y brindan servicios a los visitantes.

Los miedos y preconceptos acerca de Río de Janeiro deben dejarse de lado. En cuanto a la seguridad hay que tomar los recaudos necesarios, pero como en cualquier gran conglomeración.

En definitiva, la belleza y calidez que emana la Ciudade Maravilhosa hacen que siga enamorando a los que la visitan de la misma forma que lo hizo con los portugueses cuando en enero de 1502 desembarcaron en la Bahía de Guanabara. Es simple, Río sencillamente fascina a todo viajero. Y presiento que como lo inmortaliza la clásica imagen del Cristo, a mí siempre me espera con los brazos abiertos.


EL DATO

Desde aeropuerto Tom Jobim (Galeao) el viajero puede tomar taxis. Pero también cómodos buses, y a menos precio. Por ejemplo, una opción válida es el “frescao”, un micro que desde la estación aérea llega a distintos puntos de la zona sur. Si se arriba a la ciudad en bus, desde la Rodoviaria Novo Rio las posibilidades son variadas: taxis, el mismísimo “frescao” y además otros micros que ofrecen ese servicio (hay unos llamados Premiun que son baratos y eficientes). A su vez están los “bondis” de línea, mucho más baratos. Para Copacabana, epicentro turístico, hay que tomarse el 126, 127 y 128. Para ver recorridos de los ómnibus, ver el segmento de transporte en la guía oficial de la ciudad. De noche conviene moverse en taxi, o transfer si es hacia o desde el aeropuerto. Por la ciudad, además del micro, otra buena forma de trasladarse es en Metro.


RECOMENDACIÓN
La cadena Che Lagarto Hostels tiene en Río cuatro sedes, distribuidas en Copacabana e Ipanema (dos de ellas, en suites). Con servicios acorde a las necesidades del viajero (ubicación, seguridad, confort y buena onda) Che Lagarto es una excelente morada. Además de una grata atención, el hostel tiene tours a los puntos cariocas más ilustres y excursiones a sitios de la región como Búzios e Ilha Grande. Desde allí también se adquieren transfers económicos a los aeropuertos y a la terminal de micros.

COMO LLEGAR
Desde Buenos Aires a Río hay vuelos diarios desde Aeroparque y Ezeiza por diversas compañías. Para viajar en micro por suelo brasileño se pueden buscar rutas en Brasil by Bus.

CARNAVAL
Para mayor información sobre los famosos carnavales cariocas visitar la web Río Carnival.

APUNTES VIAJEROS

Guía Oficial de Río de Janeiro
Prefectura de Río de Janeiro
Embratur – Instituto de Turismo Brasileño
Ministerio de Turismo de Brasil

Visite Brasil 
Portal de Brasil
Brasil Tour 360

 

De pelotas y caminos
Haciendo memoria creo que mis primeras nociones sobre Río fueron por el fútbol, gracias a Flamengo, Fluminense, Vasco Da Gama y Botafogo, clubes insignias de su tierra y rivales de equipos argentinos en torneos internacionales. De charlas con una tía futbolera de muy niño escuché la palabra Maracaná. Quedé anonadado ante el relato de un estadio legendario y gigante al que ella había visitado en la Ciudade Maravilhosa.

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