Bajo el encanto de París

La Ciudad Luz enamora a los viajeros con sus aires bohemios y su bastísimo legado cultural. Aquí una recorrida por sus calles y sitios más distintivos.

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Cuando se llega por primera vez a París, lo que se intenta hacer con rapidez es divisar la emblemática Torre Eiffel. Al lograr ese cometido, por un instante el cuerpo se inmoviliza y automáticamente la sonrisa se dibuja antes de dar el siguiente paso por la capital francesa, tan llena de cultura y diversidad al servicio del viajero.
París tiene un encanto difícil de explicar. Es una ciudad cargada de bohemia, ya sea por la variedad de actividades relacionadas con el arte como por la forma en que el mismísimo universo artístico se expone en un sin fin de lugares por los que se transita, desde un puesto de bouquiniste (vendedor de libros) al de un dibujante callejero o a lo largo de sus colosales museos y galerías. Adornada con ostentosos monumentos, esculturas y catedrales, claro vestigio de lo que fue un poderoso imperio, en París el paisaje urbano, por su riqueza histórica, me pareció de ensueño.
Un situación por sí sola revela esa sensación de vibra especial que se percibe en su aire: es el momento en que el ícono del lugar, la Tour Eiffel, situada en un extremo del Campo de Marte, al borde del río Sena, empieza a iluminarse a medida que se oculta el sol, en una danza de luces que deja perplejos a propios y extraños. Así es la Ciudad Luz, cautivante. Cosmopolita, novelesca, sentimental, París es mucho más que el glamour de la moda y finos perfumes. Basta con andar por sus calles y laberintos para disfrutar de su arquitectura, su gente y también de su magia.

“Día y noche intentaba trabajar. Cada vez
probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París” E.H.


Rayuela
(1963), de Julio Cortázar, y París es una fiesta (1964), de Ernest Hemingway, son dos imperdibles obras literarias que invitan a conocer París, ciudad que cambió la vida a ambos escritores.

“¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas”. J.C.

 

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El Pont des Arts, con el petril de hierro y sus candados de promesas y amoríos.

Maestros de las letras como Cortázar y Hemingway nos transportan a París en descripciones únicas y maravillosas. No son pocos los que alucinados con sus libros pasean por los sitios que inmortalizaron los autores en las páginas de las famosas novelas. Aquí, la misión es más modesta: simplemente aportar datos que pueden resultar interesantes para quienes pisan por primera vez la capital francesa…

Llegué a la estación de Gallieni, municipio de Bagnolet, en las afueras de la ciudad, medio dormido. Me bajé sin saber muy bien donde estaba. Sin mapa, mi única brújula era el papel de reserva del hostel. Con los ojos algo pegados miré el diagrama del metropolitan y emprendí la ruta. Tomé el subte (línea 3) y, para variar, me bajé en el sitio equivocado. Si apuros caminé casi dos horas dando vueltas por el oeste del distrito de Faubourg Saint-Germain, donde yace el Musée de l’Armée, en el complejo del Palacio Nacional de los Inválidos, que reluce imponente con su cúpula dorada. Construido entre 1671 y 1676 para soldados retirados, allí reposa la tumba de Napoléon I.

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París fue la primera ciudad en el mundo que se iluminó con luz eléctrica. Actualmente, en su región metropolitana conviven más de 12 millones de personas y es uno de los destinos más visitados del mundo.

Qué mejor que estar perdido en París, pensé. Al fin y al cabo cuando eso sucede es otra manera de conocer vías alternativas. Con mi valija paseé por el contorno de varias manzanas. Quedé impávido cuando divisé la Torre Eiffel. Sin tener precisiones, me dije: “Estoy cerca de mi hostel”. La deducción era por mi previa búsqueda en Google Maps, que ubicaba al albergue a 21 cuadras del monumento de hierro. De pronto, me di cuenta que en la reserva estaba cómo llegar a destino. Me reí. Luego de saborear un café en un barcito, dije mi primer mercy (“gracias”, en francés) y me interné nuevamente en el subte con destino a la estación Volontaire, en el distrito 15 (Vaugirard). En minutos arribé a la Rue Borromé, con la mirada en la parte más alta de la Torre Eiffel, que se veía a lo lejos por encima de los techos, y poco después estaba haciendo mi check in.

El cansancio del viaje –con demoras en el túnel subterráneo que une Inglaterra y Francia- no me detuvo. Un rato más tarde salí con dos chicas argentinas y un par de jóvenes venezolanas a circular por la ciudad, seducido por el tour gratis (Free Walking Tour) que se ofrece. En español e inglés guías brindan paseos “free” todos los días (a las 11 y a las 13) por trayectos neurálgicos de París.

La partida fue en la histórica plaza Saint Michel, desde donde se observa, imponente, Notre Dame. Los primeros pasos sirven para atravesar la Île de la Cité y hacer una parada en el Palacio de Justicia, que aún muestra en sus paredes exteriores los impactos de bala de la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación nazi. Desde allí, bordeando el Sena se llega al Pont-Neuf (“Puente Nuevo”), el más viejo y el primero de piedra que se construyó en París (además de ser el más extenso con 232 metros), y que cuenta a lo largo de su estructura con las caras esculpidas de los 300 nobles franceses que se emborracharon en la inauguración del mismo. Su construcción se erigió bajo los reinados de Enrique III y Enrique IV, entre 1578 y 1607.

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Una vez del otro lado y tras unos minutos a pie por la Quai de Conti nos topamos con las puertas del Instituto de Francia, donde 40 defensores del lenguaje trabajan contra las intromisiones a su idioma. Al girar a la derecha aparece un nuevo pasadizo por encima del Sena, es Pont des Arts (“Puente del Amor” o “de las Artes”), en el que bajo una tradición -con pasado romano- los románticos y no tanto sellan su amor atando un candado y arrojando las llaves a las verdes aguas del río.

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Tras un breve descanso en el patio trasero del museo del Louvre y luego de las fotos sobre la peculiar y cristalina pirámide que lo cubre, el recorrido continuó en Le jardin des Tuileries (“Jardines de Tullerías”), un parque público –el primero que tuvo la ciudad- creado en el siglo XVI para el palacio del mismo nombre (Palais des Tuileries), actualmente desaparecido. El área, estupenda por cierto, es muy concurrida por estar emplazada entre el Louvre y Place de la Concorde (“Plaza de la Concordia”). Esculturas y fuentes engalanan el bellísimo sitio, alineado para uno de los lados (si se toma la Avenue des Champs-Élysées) con el Obelisco y un poco más lejos con los Campos Elíseos y el representativo Arco del Triunfo.

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Con las casuales viajeras quisimos prolongar el ejercicio. Y empapados bajo la lluvia, nueva compañera en la tarde parisina, caminamos en dirección hacia el gran Arco. Terminamos la jornada mojados y cansados, pero satisfechos. Estábamos en París, y eso era lo único importante.
“Estamos en París”. La frase, de cabecera por esos días, fue siempre la manera positiva de asentir a toda invitación de paseo. Con Pablo, compatriota y ladero en las arterias parisinas, la repetíamos una y otra vez para luego lanzarnos a una nueva excursión.
Con una sonrisa dibujada transité lo que más pude. Las imágenes que se me vienen a la cabeza son muchas, y de distintos rincones. Aún me veo almorzando y cenando sobre el césped de Campo de Marte, ahí nomás de la Torre Eiffel; deambulando por las callejuelas de Montmartre; rondando por la noche en el agitado Barrio Latino o vagabundeando por la lujosa zona de la plaza Vendome. Adoré bordear la silueta del río Sena, de un lado y del otro, contemplar la Isla de la Cité desde los históricos puentes que la rodean o simplemente perderme por algunos de sus 20 distritos.

Soñar y caminar es gratis. Con lo cual, mientras merodeaba por los recovecos de París, a cada paso me abracé a la filosofía que reza que para viajar solo hace falta una cosa: decisión. Lo demás, se construye en el camino. Sentimientos y expresiones que genera desde hace muchísimos años la convirtieron para algunos en la Ciudad del Amor, haciéndose destino obligado para enamorados que allí se declaran amor eterno. Aunque a decir verdad, no se necesita poner un candado con nombres en un puente y tirar las llaves al río Sena para quedar encadenado a París. A mí, personalmente, me alcanzó con caminarla…

PARA AGENDAR Y CAMINAR

-Torre Eiffel: Presentada en la Exposición Universal de París en 1889, es la iconografía que representa a la ciudad en el planeta. A su alrededor, miles de turistas la contemplan día y noche desde la explanada del Campo de Marte. Para deleitarse de su fabulosa vista, subir hasta el segundo piso por escalera cuesta –precios actualizados a enero de 2014- 5 euros, mientras que por ascensor sale 9. Para llegar a la parte superior, también por elevador, se abonan 15 euros.


-Montmartre
: Por su historia, es el barrio más bohemio de París. Sobre una colina a la orilla derecha del río Sena, sus calles conviven con los recuerdos de los impresionistas del siglo XIX, momento donde la zona junto con la de Montparnasse fueron los epicentros artísticos más populares de la ciudad. En su punto más alto, a 130 metros, hoy asoma imponente la cúpula blanca de la Basílica del Sacré Coeur (“Sagrado Corazón”). Y a sus pies, otro punto famoso es el Moulin Rouge (“Molino Rojo”), un mítico cabaret parisino construido en 1889, sobre el Boulevard de Clichy. Para revivir de cerca el ambiente de la Belle Époque hay que desembolsar, de acuerdo al menú, no menos de 175 euros (cena y show). Hay tickets más económicos, desde 105 euros (show y una champaña), aunque más lejos del escenario.

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Una postal de la imponente Sacré Coeur.

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Caminata por Montmartre…

-Montparnasse: Así se denomina un barrio, un cementerio y un edificio. Con 209 metros de altura, la torre que lleva ese nombre es el único rascacielos dentro de los perímetros de la urbe. Con 59 pisos, desde su terraza se disfruta de una visión única: una panorámica parisina de 360 grados, con el aditamento de apreciar como desde ningún otro lado la Torre Eiffel y la ciudad. Subir vale 14 euros. Lo recomendable es ir a la tardecita y disfrutar de los últimos rayos de sol y la caída de la noche, momento en que todo empieza a iluminarse. El barrio, en la margen izquierda del Sena, también es cuna de artistas y tiene un cementerio donde están sepultados, entre muchos otros personajes, Charles Baudelaire, Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar.

-Louvre: El Palacio Real convertido en Museo en 1793 es uno de los reservorios de arte más importantes del mundo. Allí el visitante puede conocer a La Gioconda o encandilarse ante la Venus de Milo. No hay que dejar de pasear por la sala egipcia. Las galerías exponen unas 35.000 obras, con 26 kilómetros de corredores plagados de pinturas y esculturas. La entrada vale unos 13 euros. Una observación: por su extensión y para no malgastar el tiempo, es mejor elegir qué mirar antes de entrar.

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La pirámide de cristal representativa del Louvre, una atracción parisina.

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La Gioconda, una de las estrellas del Louvre.

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Detrás de la Venus de Milo; de frente a los múltiples flashes.


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Notre Dame: En medio de la Isla de la Cité (“asentamiento”), rodeada por el Sena, es una de las catedrales más antiguas de Francia en su estilo gótico. Su construcción, en honor a María (de ahí su nombre, “Nuestra Señora”), la madre de Jesucristo, data de 1153, con terminación en 1345. Se puede recorrer gratuitamente y ascender hasta sus torres, ahí nomás de las fascinantes gárgolas que la custodian desde lo alto. La iglesia fue representada en la película de Disney “El jorobado de Notre Dame”. El área donde se emplaza es un gran lugar para pasar el día.

 

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Una instantánea desde el puente que muestra la espalda de Notre Dame.


-Jardines de Luxemburgo: Diseñado entre 1615 y 1617 por orden y deseo de la realeza, actualmente es un parque público muy popular de un poco más de 22 hectáreas, al borde del Palacio de Luxemburgo, donde parlamenta el senado francés. Con numerosas estatuas, esculturas y arboledas, el sitio ofrece un espacio verde ideal para descansar después de un largo paseo. También se realizan actividades para niños y adultos, que van desde clases educativas a talleres de horticultura.

-Cementerios: Hay que visitar las catacumbas, una red de túneles y habitáculos subterráneos convertidos en necrópolis en las postrimerías de del siglo XVIII. Para codearse con los avatares de la muerte, además de los camposantos de Montmartre y Montparnasse, también se puede ir hacia el este, al cementerio de Père-Lachaise, el más grande de París. Su particularidad es que muchos residentes lo utilizan como si fuera un parque, además de ser frecuentado por miles de visitantes debido a que allí fueron enterradas numerosas celebridades como el poeta Moliére, Jim Morrinson (cantante de The Doors), el escritor Oscar Wilde o nuestro multifacético Juan Bautista Alberdi.

 

APUNTES VIAJEROS

TRANSPORTE. El Metro es una buena manera de moverse en la capital francesa y sus alrededores. Para viajar en tren por Francia, indagar en la Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses.

COMO LLEGAR. En avión es posible aterrizar en tres aeropuertos: Charles de Gaulle y Orly, y Beauvais, más alejado (90 kilómetros del centro) y utilizado por algunas compañías low cost.

HOSPEDAJE. Aloha es un hostel bien ubicado y permite una agradable estadía.

RECORRIDAS. Muchos de los sitios mencionados tienen tours, algunos gratis, en inglés y español. En estos casos la retribución al guía consiste en una propina voluntaria. Para más información asesorarse en SANDEMANs New Europe Tours.

MAS INFO. Sitio oficial de París, Oficina de turismo de la ciudad y una completa guía en español.

Curiosas reminiscencias

Como en otros post, al momento de escribir, traté de recordar sobre la primera vez que escuché sobre París. Creo que no fue por el fútbol ni por el famoso Napoleón de las clases de historia en el colegio, sino que la cuestión venía de la infancia más temprana. Casi con seguridad de niño su nombre llegó a mí por una popular canción infantil –que en Argentina pasó de generación en generación- acerca de una tortuga que vivía en la ciudad bonaerense de Pehuajó (justo a 20 kilómetros de donde crecí) y que un día se había marchado a París. En el tema de María Elena Walsh, Manuelita viaja hacia la capital francesa “un poquito caminando, y otro poquitito a pie”. Traigo esto a colación porque así anduve por París, a paso lento pero convencido que transitaba por una experiencia inolvidable.

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